Ojos estúpidos, a la manera de las noches de verano, rojos y negros, tricolores, de acero tachonado de estrellas de oro; fisionomías deformes, plúmbeas, lívidas, incendiadas; ronqueras lascivas. El desfile cruel de oropeles. Hay algunos jóvenes provistos de muecas espantosas y de peligrosos recursos. Se les manda a presumir por la ciudad emperifollados con un lujo repugnante.
¡Oh el más violento paraíso de la mueca rabiosa! (…)
Solo yo poseo la clave de esta farsa salvaje.
(Arthur Rimbaur, Iluminaciones)
Fred Astaire fue el primero en advertir que algo estaba ocurriendo. Empezó la noche de la lluvia de estrellas, poco antes de navidad…El cielo estaba acribillado de balazos luminosos.
En la habitación todo estaba a oscuras. Fred Astaire saltó sobre la mesa, en la que había restos de la cena, de la que dio cuenta con su habitual glotonería. También estaba el mando a distancia, y un libro: “El color surgido del espacio”.
Fred estaba intranquilo, e incluso pasó por alto los restos de pescado. Se giró y observó con sus ojos felinos en la oscuridad. Una figura estaba sentada, con la cabeza gacha reposando la frente en las manos…
Jota sentía que sus pulmones se enfriaban y se llenaban de escarcha…En su mente, todo parecía una sucesión de fotografías viejas.
¿Puedes pegarle fuego a las nubes, al éter?
Alguna cosa estaba reptando, y él respiraba carámbanos de aire…
Su mirada era la de alguien situado en lo alto de un acantilado, y todas las cosas y todos los seres eran pequeños y diminutos jirones al fondo del abismo, un abismo que, esta vez, no devolvía la mirada.
Jota se ajustó la corbata, se levantó, y marchó a la cena familiar…
Las estrellas eran su destino. Observaba a los transeúntes pasar cadavéricos, con el rictus de la muerte que estaba en sus células aguardando paciente, absortos en sus propias minucias, en sus pequeñas miserias. Gente, gente, puñados de soledad correteando por las calles del páramo urbano, llenas de guirnaldas de luces para distraernos de nuestra propia oscuridad…
Pasando de largo de los desposeídos, de los pobres con sus muñones colocados en el expositor de la compasión, en el negocio de la tristeza, en la bolsa de la lástima…
Y sin embargo los verdaderos tullidos eran las riadas de personas que desviaban la mirada, y evitaban los acuosos y profundos ojos grises de un simple miserable que reía inocente como un niño con su rostro tallado en piedra, mal afeitado, desencajado, fijo en el expositor de unos grandes almacenes jugueteros, viendo bailar a un robot…
Tullidos, con muñones en el alma…Muriendo a cada paso entre anuncios de móviles, ítems inútiles, promociones…Los mercaderes ocupando el templo…He muerto tantas veces que ya ni siquiera existo, dice Bill Murray en el día de la marmota…
Jota sentía una fría ira por la humanidad, ahora que ya no era él mismo, ahora que la contemplaba como por primera vez, como un desapasionado espectador viendo una colonia de hormigas…
En la cena, la incomodidad de los parientes que solo son extraños. El silencio es la más grande prueba de la confianza…la conversación deriva como un barco sin timón en la desazón de lo superficial, en el intento de hablar sin atreverse a darse a los demás…
Jota sujeta un vaso con fuerza, los niños alrededor van rompiendo todos sus nuevos juguetes y solo se oyen chasquidos, quejas, y profundas proclamas de egoísmo, mientras los adultos siguen evitando cualquier declaración sincera…el amor es una excusa para dar un nombre a lo que es solo etiqueta social.
El vaso acaba por estallar en sus manos, la sangre se mezcla con la comida, trozos de cristal salpican la sala, y Jota sigue comiendo.
Todos le miran sin verle. Nadie protesto cuando murmuró una excusa y se escabulló…
Hay animales bajo cuyas mandíbulas hay otra fila de colmillos. Hay animales con garras bajo las zarpas, ocultas. Enormes y desafiantes pupilas fijas en su presa.
Jota observaba a la gente de la plaza. Calculaba el número de personas que pasaba cada hora. Cuántas personas por día, por semana. Cuántas veces pasaba cada una de ellas por año.
Qué cantidad de estímulo visual para influir en cada una de ellas. Las cosas no se venden solas.
Jota se giró, y miró con aprobación la cama plegable que habían instalado en su despacho. Era navidad y no podía permitirse ni un minuto, ni un segundo de flaqueza (hay animales que pueden permanecer despiertos semanas antes de caer sobre su presa).
Jota comenzó a contemplar sus propias manos como si no fueran suyas, como si fueran capaces de cualquier cosa, como si escapasen a su voluntad.
Luego las dejó sobre la mesa.
El mundo exterior temblaba, el viento era como una mano que todo lo barría, y el pequeño despacho brillaba con la artificial luz protectora del neón.
Jota pensó que no quería salir. Tal vez solo allí, entre mobiliario de oficina, en el silencio absoluto, podía estar seguro.
Se tendió en la cama y cerró los ojos. Estaba apretando los dientes…no podía soportar los villancicos que venían de la oficina de al lado, Inversión en conflictos. Decidió que debía aislarse, o el espíritu navideño acabaría con la poca cordura que le quedaba, si es que todavía le quedaba alguna.
Las voces en su cabeza empezaban a susurrar que debía acabar con aquella hipocresía.
Tenía como fiebre, y la fiesta en Inversión en Conflictos no le dejaba descansar…sus pupilas temblaban, y tarareaba la canción que sonaba a través del tabique con curioso entusiasmo…
Have you seen the little piggies
Crawling in the dirt
And for all the little piggies
Life is getting worse
Always having dirt to play around in.
Las manos de Jota habían empezado a ennegrecerse. Le daba todo vueltas. Hablaba solo. El edificio había quedado vacío, la fiesta acabó…El vigilante nocturno entró y le preguntó si no preferiría irse a casa…Jota se vio en la calle. Decidió alejarse…ante la insistente necesidad de dar una lección a toda aquella masa informe y acéfala.
Se alejó de aquello, hospedándose en un apartado hotel en la sierra, el hotel Overlook.
Los villancicos parecían perseguirle. Lanzó un televisor por la ventana, con la asustada cara de Chevy Chase desorbitando los ojos temiendo el impacto. Lo malo es que seguía viendo la figura del cómico ante sus ojos…
Estaba como en un duermevela, se oye recitar versos, delirar, hablar de la biblia, reír mientras golpea la pared de la habitación…Llamar por teléfono a un servicio de autoayuda…El teléfono de la esperanza…
-Creo que la humanidad esta condenada…
-¿Perdón, señor, tiene que ser más específico? ¿Desea suicidarse? ¿Está deprimido?
-Nunca me he sentido mejor. Solo deseo acabar con los mentirosos de mierda.
-No entiendo…
-¿Cree usted en Papá Noel? Creo que este año habéis sido todos muy malos…
No hay duda. Hay algo que crece como la espuma, una marea que le invade y le hace sentir lleno de amor, y lleno de una severa e imparcial justicia divina. No le quedan dudas. Ha sido llamado a limpiar la navidad de equívocos. Es una operación en que caben daños colaterales… Porque alguien tiene que hacerlo…
Desde la lluvia de estrellas su cabeza ha dado tumbos entre dolores, desvaríos…Sonidos como de una catarata, témpanos, pérdida de apetito…ya ni siquiera necesita comer…esta como muerto, pero ha renacido.
Jota examina una corbata de seda en un expositor. Es suave. Mira alrededor, a toda aquella gente. Y sabe que solo él conoce el significado de la navidad.
En un probador del Marks & Spencer, una muchacha se prueba un vestido de marca. De pronto un individuo da una patada a la puerta del probador. Le rodea el cuello con una corbata y comienza a estrangularla…Ella patalea, pero el peso de él la aprisiona…parece que la esté abrazando, la gente no se acaba de creer que sea un asalto a la fuerza…ya no distinguen el amor del castigo…La gente mira asustada, indiferente, para cuando van a intervenir la chica ya ha muerto.
A Jota lo llevan en una furgoneta de la policía…No parece preocupado…comienza a hablar…
“-Quiero expiar mis culpas. Quiero pagar por lo que he hecho y quedar en paz. Quero poder sacarme de encima la maldita cruz que llevo a cuestas, este dolor que me esta partiendo la espina dorsal…Eso dijo un personaje de novela, eso digo yo. Las estrellas también son mi destino.”
-Está loco-dice uno de los guardias.
Jota mira fijamente al frente mientras intuye la velocidad, siente una fuerza inexplicable que atrae a un cuerpo impulsado a doscientos kilómetros por hora contra la furgoneta. Sale del amasijo de hierros humeantes sonriente y ensangrentado. Ya no le duele nada. Esta lleno de amor. Esta del lado de Dios.
Esta seguro de estar haciendo lo correcto. Aunque lo correcto no siempre es la mejor vía de acción.
Un poco de carbón para los chicos que merecen un toque de atención. Sonríe…
Vuelve a casa para coger algunas armas de caza. Se encuentra con un vecino, que le mira sorprendido:
-¿Qué pasa, hoy es el día de los Trifidos y no me he enterado? ¿Te han asaltado?
-Todo está bien. Perfecto. Mejor que bien…
En casa tiene tiempo de leer un poco. Easton Ellis es el elegido…
Ante todo un verdadero moralista.
“…y en los desiertos del sur de Sudán el calor se alza en onzas, y miles y miles de hombres, mujeres y niños vagan por las vastas extensiones de matorrales buscando comida desesperadamente. Esqueléticos y muertos de hambre, dejando un rastro de cuerpos muertos, comen hierbas, y hojas y azucenas, dando tumbos de poblado en poblado, muriendo lenta, inexorablemente; una mañana gris, en el miserable desierto, con el aire lleno de moscas, un niño con la cara como una luna negra yace en la arena, arañándose el cuello, y se alzan conos de arena, nadie consigue ver el sol, el niño está cubierto de arena, casi muerto, los ojos sin pestañear, agradecido (deténte e imagina durante un instante un mundo donde todos agradecen algo) de que ninguno de los demás seres macilentos que pasan, aturdidos y doloridos, le preste atención (NO…, hay uno que le presta atención, que se fija en la agonía del niño y sonríe, como si guardara un secreto), el niño abre y cierra su boca agrietada sin hacer ningún sonido, hay un autobús de transporte escolar a lo lejos y, por encima de él, en el espacio, se alza un espíritu, se abre una puerta, pregunta:
-¿Por qué?
Es la del hogar de los muertos, el infinito, se abre y se cierra en el vacío, el tiempo pasa cojeándo, el amor y la tristeza atraviesan a toda velocidad al chico…”
Amén
Se disfrazó de un ser mitológico. Se dispuso a robar la Navidad, con su traje rojo y su sonrisa cruel.
La niña despertó a medianoche, y caminó en sueños por la alfombra estampada como entre brasas imaginarias…Vio a Papa Noel entrar en la casa, y sonrió. Las gotas se arrastraban por los cristales rotos del suelo que solo parecían brillar como adornos navideños caídos. La niña se acercó por la espalda, y cuando el hombre se volvió se asustó por el movimiento inesperado. Pequeñas perlas rojas añadieron color al árbol, formando un dibujo abstracto…gotas de sangre como pinceladas de un cuadro. Una felicitación navideña con un rostro desencajado, una mano demasiado rápida enganchada en el gatillo, ojos desorbitados y gritos…
Huyó, aunque no había lugar para huir de sí mismo.
No sentía frío, y como una momia, estaba inmóvil, contemplando la lluvia de estrellas con rostro desencajado. Desnudo, sus pulmones de escarcha comenzaban a aminorar, y mientras un hilo de vida y un halo de muerte se le escapaban de sus negruzcas manos…
Cuando sus ojos se volvieron vidriosos, una niebla oscura salió se sus agrietados labios, y como una polución densa viajó en el aire, buscando alimentarse de aquello que nos hace humanos.
Nuestra capacidad para matarnos entre nosotros.